Cada día se producen en nuestro país
cientos de desahucios. Cientos de familias que pierden su hogar y se encuentran
cara a cara con el miedo y la incertidumbre de no saber cómo van a hacer frente
al día a día. Un drama social intolerable para el que deberíamos ser capaces de
encontrar una solución inmediata.
Políticos corruptos, organismos que no
han ejercido el control que deberían, bancos y cajas mal gestionados a los que
hay que rescatar con dinero público, el monstruo del sistema en sí mismo. Los
culpables están ahí. Pero ¿y nosotros? ¿Acaso no hemos participado también en el
juego? ¿No nos parecía aceptable e incluso divertido mientras teníamos buenas
cartas, sin advertir que las suyas estaban marcadas? ¿No tenemos también
nuestra parte de culpa? Nos dejamos embaucar por esos cantos de sirena que lo
hacían todo tan fácil y nos proporcionaban una vida aparentemente plena, feliz
y segura.
Hipotecas a eternos y casi
inalcanzables treinta, treinta y cinco y cuarenta años, un bungalow mejor que
un pisito de segunda mano, ampliaciones de hipoteca para reformar la cocina,
amueblar la casa de arriba a abajo o “tapar agujeros”, padres que avalan a sus
hijos poniendo en juego lo poco o lo mucho que han conseguido a lo largo de su
vida a base de trabajo y sacrificio. Sueldos dedicados íntegramente a pagos, tarjetas
de crédito al rojo vivo, préstamos personales para esa operación de cirugía estética
que tanto se necesitaba, comprar la tele de plasma, un coche nuevo que probablemente
no hacía falta o pagar las vacaciones de verano. No nos privamos de nada y nos
autoconvencimos de que lo necesitábamos y de que además lo merecíamos. Nos
dedicamos a vivir al día, empapándonos del “porque yo lo valgo”, enloqueciendo
hasta perder la perspectiva en medio del paroxismo consumista que nos rodea.
¿Qué pensábamos? ¿Que nunca iba a
cambiar nada? ¿Que la olla a presión en la que vivíamos confinados jamás iba a
estallar? ¿Cómo pudimos estar tan ciegos? ¿Cómo podemos continuar tan ciegos?
Somos el eslabón débil de la cadena y por eso es cierto que ahora,
injustamente, sólo nosotros sufrimos las consecuencias. Rebelémonos, luchemos
para salir de esta situación, encontremos soluciones, exijamos derechos…pero
aceptemos responsabilidades. Es fácil y liberador culpar al mundo de nuestras
miserias para así evitar cuestionarnos a nosotros mismos.
Esto que nos está pasando también es
culpa nuestra, también es nuestra responsabilidad. Aprendamos de nuestros
errores o todo habrá sido en vano.
